SINGAPUR: orquídeas y rascacielos
El aeropuerto de Singapur parece el hall de un lujoso hotel. Gruesas moquetas, inmensas cristaleras, lámparas doradas, árboles y flores, tiendas exclusivas. La limpieza es extrema y los letreros se muestran en inglés, malayo y chino. La amabilidad de los empleados oculta la discreta vigilancia policial. Un letrero advierte que el tráfico de drogas supone la pena de muerte y no es una advertencia vana. No importa la cantidad de droga que se detecte. En el último año, han sido ahorcados varios traficantes, tras ser sometidos a juicio por un estricto tribunal de jueces con peluca al estilo inglés. No hay excepciones, por mucho que clame la comunidad internacional. Pero además, hay otras advertencias que señalan el estricto sentido de la convivencia en Singapur: arrojar un cigarrillo o un chicle al suelo supone una multa de 1.000 dólares. El robo está penado con cincuenta latigazos. La mendicidad se paga con cárcel. Portar armas, supone 10 años de encarcelamiento. Y así un sinfín de prohibiciones en la capital más próspera de los tigres del sudeste asiático.
Singapur fue enclave británico y puerto estratégico en las comunicaciones entre Hong Kong y la India. Hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Una madrugada en su puerto, los aviones japoneses hundieron los últimos acorazados ingleses con bombardeos en picado, pero los británicos siguieron creyéndose inaccesibles, dirigiendo sus colosales cañones hacia el estrecho, donde cualquier desembarco nipón sería aniquilado. Lo que nunca esperaron era que la infantería japonesa pudiera atravesar la jungla de Malaya, y atacaran por la espalda la ciudad. Su capitulación supuso la esclavitud de los colonos y militares ingleses que fueron conducidos a campos de concentración en la selva, donde perecieron casi todos. Después, Singapur obtuvo la independencia como Ciudad-Estado, la única del mundo, junto al Vaticano y con ella, una inmensa prosperidad al convertirse en sede del mundo financiero del sudeste asiático. Los bancos de Singapur son su industria y su fuente de riqueza, como una Suiza asiática, donde se depositan las riquezas de todos los vecinos, y donde se cobijan los grandes capitales occidentales.
Su población esta formada por un tercio de malayos, otro de hindúes y otro de chinos, con los mismos derechos y estrictas obligaciones en pacífica convivencia. No hay rateros ni peligro alguno en sus calles. Los tiburones financieros se encargan de que nada altere la tranquilidad de sus calles. Hay avenidas modernas, rascacielos, inmensos parques tropicales y un extenso jardín botánico con la mayor variedad de orquídeas conocidas. Allí, pequeños artesanos, recubren con oro fundido las flores, fabricando preciosos broches, como autenticas joyas vegetales.
Desde la terraza del enorme hotel Fullerton contemplamos el puerto de Singapur, con centenares de cargueros atracados en sus muelles. El hotel tiene el grandilocuente estilo neoclásico de un inmenso edificio de banca londinense, lo que resulta chocante entre la vegetación tropical. En la zona colonial, el hotel Raffleys recuerda la presencia de los antiguos colonos ingleses, sentados en sillones de mimbre, mientras vigilaban sus producciones de caucho. Hoy es un edificio pulcro, decadente donde se puede tomar el “five o´clock tea” servido por inmaculados camareros malayos.
Y como todo lugar asiático, Singapur no puede escapar del tipismo de los mercados. En ellos, entre la limpieza exquisita de sus locales, se cocinan múltiples tipos de arroz, que el cocinero te ofrece en pequeños boles, acompañado de marisco, ancas de rana, trozos de serpiente o pechugas de murciélago. Un menú apetitoso que disfrutan centenares de comensales descansando de sus jornadas de trabajo en las oficinas próximas. Cuesta trabajo imaginarse al pulcro empleado de banca tomar su almuerzo de arroz con tan exóticos tropezones, acompañados de Coca Cola. Aunque, lo mismo dirán del broker neoyorquino comiendo su perrito caliente en las aceras de Manhattan. No me resistí a alguna degustación, y elegí unos huevos duros, de brillante color negro.
--¿Cómo están hechos?
--Son huevos de pato cocidos con especies. Se dejan enterrados en barro durante un tiempo. Por eso se vuelven negros.
La verdad es que estaban exquisitos, especialmente al acompañarlos de una agridulce salsa rosada, de la que preferí no preguntar por sus ingredientes.
Hay algunas farmacias chinas que muestran extraños compuestos. El extracto de pene de tigre junto al polvo de testículo de mono son los más demandados por sus propiedades afrodisíacas. Se venden a granel o en envases, con el certificado del Ministerio de Sanidad. Me decidí por un ungüento de misteriosa composición que garantizaba el alivio de cualquier dolor muscular y tuve ocasión de comprobar su eficacia mucho tiempo después. Fue una pena no haber comprado más cantidad. Al día de hoy, ni siquiera por Internet puede adquirirse, al estar prohibidas estas transacciones internacionales por las estrictas leyes proteccionistas de Singapur.
Si se busca tipismo, en Singapur, mejor olvidarse. No se ven muchas pagodas, ni templos. Están casi ocultas entre rascacielos, bancos, oficinas y bloques de viviendas de moderno diseño. Si tan solo se desean playas, las de Singapur están plagadas de tiburones y no lejos de sus costas el mar está lleno de piratas malayos que asaltan los cargueros o los barcos de pesca. Sin embargo, es uno de los lugares más seguros para ocultar dinero negro, en opacos bancos, que nunca harán preguntas. El viajero puede caminar empapado en sudor por sus calles o jardines llenos de orquídeas, siempre será más considerado vistiendo camisa con corbata. El pantalón corto o la hawaiana son para otros lugares.
Son los contrastes de Singapur, un rincón en Asia, donde la modernidad más avanzada se une a las más antiguas tradiciones y que no precisa de avalanchas turísticas para ser uno de los países con mayor PIB del mundo. De ello da fe el carísimo precio del suelo, que crece progresivamente ganando terreno al mar, importando inmensos cargamentos de rocas de las islas vecinas de Indonesia, para ampliar el limitado perímetro de la ciudad. Y esta riqueza es contagiosa. La cercana Kuala Lumpur, en Malasia, la iguala en esplendor, como pudimos comprobar en una escala que hicimos en esa ciudad, viendo en la lejanía enormes rascacielos en construcción que hoy compiten con la arquitectura de Shangai y Abu Dhabi.
Es Asia que despierta.




Comentarios sobre SINGAPUR: orquídeas y rascacielos
Muy bueno. No sabía que Singapur era una ciudad-estado. ¡Ves! al escribir estos relatos, siempre aprendemos cosas.... ¡A seguir escribiendo!
Repito porque no sé si ha quedado mi comentario.
Otro relato que me ha gustado. No sabía que Singapur es una ciudad-estado. ¿Vés? Te toca seguir escribiendo, así aprendo cosas.
genial. Me ha gustado muchisimo.
Hace poco vi una carrera de f-1 en Singapur y me parecio fascinante y unas amigas trajeron orquideas bañadas en oro como broches. Algun dia ire a Singapur
La pomada que andas buscando se puede comprar en Hong Kong y se llama algo así como la crema del tigre. Es un bote azul que cuesta 20 euros por internet. Sirve para torceduras pero yo prefiero el Reflex