SAN FRANCISCO: Una ventana sobre el Pacifico
El Golden Gate es la imagen típica de San Francisco. El famoso puente fue construido en los años de la Gran Depresión y salta sobre el mar desde los jardines de Presidio, sostenido por dos torres que le atirantan. Su rojiza estructura en ocasiones queda oculta entre las nubes. Bajo él, de vez en cuando, un navío de guerra cruza la bahía dirigiéndose a la cercana base naval de Oakland. La bella silueta del puente oculta sus tragedias. Centenares de suicidas se han arrojado desde sus 200 metros de altura estrellándose sobre la superficie del mar. Alguna avioneta ha chocado con el puente y frecuentemente ha oscilado con el temblor de los terremotos.
Bandadas de gaviotas se mecen en el aire y los cormoranes descansan entre las rocas. Cruzando el Golden Gate llegamos a Sausalito, una zona residencial, donde las villas de lujo y los campos de golf hacen olvidar las barriadas pobres del otro lado de la bahía, unidas a San Francisco por puentes menos famosos pero con mucho mayor tráfico. En Oakland vive gran parte de la población y sus calles reproducen la conocida imagen de la América urbana, con su tranquilidad y sus peligros, sus casas unifamiliares y sus barrios degradados. En las afueras se encuentra una de las más prestigiosas universidades del mundo: Berkeley, con una abundante galería de laureados con el Premio Nóbel en poco más de 100 años de historia e icono del mundo hippy en los 60.
La península de San Francisco está formada por numerosas colinas, sobre las que asentaron diferentes barrios cada uno con su peculiar atmósfera. Para el visitante es obligado coger uno de de los famosos tranvías que suben y bajan las empinadas calles en un divertido carrusel, arracimados entre pasajeros que ríen con el temor de que fallen los frenos. Recorremos tranquilos barrios de origen colonial y vemos las elegantes casas victorianas de Lombard Street, escenario de alocadas persecuciones con coches entre curvas cerradas y grandes maceteros de hortensias. No lejos, se ven algunos edificios inclinados con grietas que testimonian la huella de terremotos recientes.
Así llegamos al barrio de los pescadores, donde a la puerta de los restaurantes se cuecen cangrejos en grandes cacerolas. Mientras devoramos una deliciosa y abundante ración acompañada con una botella de vino blanco californiano, contemplamos la cercana la isla de Alcatraz, el antiguo penal, donde los condenados eran recluidos de por vida, o donde la cámara de gas funcionó hasta fechas muy recientes. Está separada del mundo por las gélidas aguas de la bahía, donde no es infrecuente encontrar pequeños cetáceos y grupos de focas. Dicen que nadie escapó de allí. Hoy es lugar de morbosa visita turística.
Desde una colina, el barrio de El Castro se muestra a nuestros pies. Es la comunidad gay más populosa del mundo. En sus calles ondean banderas arco irisadas y es un ejemplo de cómo mantener una vida a escala humana dentro del agresivo anonimato de las ciudades millonarias. Comercios pequeños, bares tranquilos, casas de dos pisos, extremada limpieza, bicicletas… El downtown es elegante, con hoteles, rascacielos de oficinas y parques. Los jardines de Union Square, invitan al paseo, cerca del corazón financiero, con teatros de musicales, oficinas, comercios exclusivos y corazón de lo más fashion. Al atardecer todo queda vacío. El centro se convierte en un territorio hostil y no es aconsejable deambular por sus solitarias calles.
San Francisco fue la meca de los antiguos buscadores de oro, que finalmente, abandonaron la quimera para dedicarse a ocupaciones más vulgares. Primero construyeron astilleros, luego industrias informáticas y centros financieros. Todo descansa sobre una inmensa grieta que discurre desde Alaska recorriendo la costa del continente hasta el Cabo de Hornos. Es una colosal falla geológica, donde al chocar las placas del Pacifico se provocan frecuentes terremotos. Los sismólogos anuncian que el próximo será devastador, pero se siguen construyendo rascacielos y aumenta la población, olvidando el peligro y la habitual escasez de agua que llega a la ciudad desde inmensos embalses construidos igualmente, sobre la amenazante falla. Algún día todo desaparecerá tragado por la tierra, pero eso ocurrirá en el futuro. Hoy, San Francisco es una próspera ciudad que vive el presente, muy distinta a las del resto de Estadios Unidos. Un aire cosmopolita impregna toda su actividad, sin la sensación de prisas y agobio que caracteriza a otras ciudades americanas. Aquí se vive la modernidad más avanzada y se abandonan las viejas tradiciones americanas. Este es un nuevo mundo para los miles de inmigrantes que llegan cada año, desde las degradadas urbes del Este americano. También es, junto a la canadiense Vancouver, el lugar preferido para los inmigrantes de Asia: casi un tercio de la población es de origen asiático. Y el visitante se sorprende por la juventud que se percibe en la ciudad. Los jubilados son minoría, y el 50 % de los habitantes tiene menos de 50 años.
Parece imposible que la ciudad haya experimentado una evolución tan peculiar desde que varios siglos atrás, don Gaspar de Portolá, nacido en el Pirineo catalán, descubriera su bahía y fundase San Francisco. Nadie sabe de él en España, pero aquí un viejo crucero en desuso, anclado en el muelle, lleva su nombre en su honor. Tras él los frailes franciscanos establecieron la primera misión. La huella española se conserva en los nombres de la propia ciudad y los barrios de Alameda, Misión, Hierbabuena, el Castro, la Marina, San Leandro, Arroyo Viejo, Presidio, San Jose, Visitación, Buena Vista, Monterrey y un largo etcétera que jalona todos los rincones.
Envuelta en su casi constante niebla, San Francisco es inquietante y bella. Terremotos y suicidas en el Golden Gate, la siniestra Alcatraz frente a la apacible Sausalito, tan próximas y tan lejanas, el mar tan azul y tan mortalmente helado … Su atracción es tan equívoca como la Kim Novak de la inquietante Vértigo. Y es escenario habitual de películas de psiquiatras con pacientes asesinos. Parece como si el magnifico marco natural de la ciudad se prestase de forma especial a los relatos de pasiones turbias y temores imprecisos. Pero todos acaban enamorados de ella.




Comentarios sobre SAN FRANCISCO: Una ventana sobre el Pacifico
¡Jolines! Este es un relato precioso.
Aquí si me gustaría ir. Claro que antes de un posible terremoto. No vaya a ser que me quede sin verla, como me ha ocurrido con las torres gemelas de Nueva-York. Más, escribe más.
Pocas veces he tenido la oportunidad de leer algo tan bien escrito como tu redaccion sore esta ciudad. Me encantaría tener todos tus viajes. Enhorabuena una vez mas
A mi SF me parecio una de las ciudades mas bellas visitadas. Y ahora, despues de leerle, la revivi y me gusta mas
Lo del barrio de los gays creo que esta de sobra. Sin embargo no die nada de los barrios de los negros
Magnifico relato. Me ha hecho rememorar mie stancia en San Francisco hace unos años
¿Quien se viene conmigo a San Francisco?.
me ha gustado mucho. la proxima vez que acuda a sf no me pedere esta narracion. y digo lo mismo de las de asia.pocas veces he leido alto tan bien escrito sobre bali bangkok y singapur
este verano estuve en san francisco. es como tu lo describes, pero nos ocurrio una cosa interesante: tuvimos un pequño temblor de tierra. bueno, nos enteramos porque lo djeron alli porque sino no te enteras de nada. cualquier dia se los traga la tierra, ya que todo el mundoe stá esperando el gran terremoto final