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KOTOR , un fiordo mediterráneo

miércoles, 11 de enero del 2012 a las 22:03
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            Mientras el barco emboca el estuario del fiordo más profundo de Europa  contemplamos  los murallones de montañas que amenazan con descolgar sus impresionantes masas de rocas graníticas asentadas entre oscuros pinos. Los 30 kilómetros de profundidad del fiordo, con múltiples giros entre roquedales tapizados por bosques de coníferas,   son el  resultado de las erosiones habidas en la última era glacial hace más de 15.000 años. Tras la retirada de los hielos Dalmacia  e Iliria  fueron cobijo habitual de los piratas mediterráneos hasta casi hace dos siglos. Entre sus islas y recortadas costas, se escondía  el peligro para los navegantes del Adriático. 

            Estas costas fueron tierras romanas, pasaron poder de los búlgaros, de los venecianos  y del Imperio  Austro-húngaro, se independizaron como Montenegro, nada menos que Crna Gora en el idioma local. La extraña y bandera  montenegrina es un recuerdo de sus aires medievales. El prisionero de Zenda fue una película famosa en los años cincuenta, donde los actores de moda, Stewart Granger y Deborah Kerr, daban vida a unos príncipes secuestrados  y sus luchas por recuperar el trono. Montenegro parece un escenario adecuado para esta historia.

            El antiguo principado de Zeta se convirtió en un reino por los acuerdos del Congreso de Berlín en 1878  donde Bismarck junto al zar ruso, la reina Victoria, la Francia republicana post napoleónica  y el emperador austriaco impusieron un nuevo mapa de Europa y se repartieron Africa.  Los nuevos reyes fueron una continuación de las antiguas dinastías despóticas,  diluidas entre la historia y la leyenda. El último rey, Nicolás,  compartió el gobierno de su territorio con los placeres de la belle epoque en Paris, hasta que, derrocado tras la Primera Guerra Mundial huyó a la Costa Azul y su país pasó a formar parte del Reino de los Croatas Serbios y Eslovenos y más tarde Yugoslavia. Hoy es junto a su vecina Albania el país más pobre de Europa.

            Al fondeo del fiordo se esconde Kotor. Tiene poco más de 2000 habitantes, y otros tantos turistas en pleno verano.  Un tercio son ortodoxos, otro católicos  y el último musulmán. Es una de los escasos reductos  donde aun conviven las tres religiones esperando el momento de matarse entre sí. Nadie lo diría en las bucólicas calles de una ciudad que parece adormecida en el tiempo y el caluroso estío.

            La ciudad está rodeada por una  vieja muralla y de ella parte un zigzagueante y empinado camino empedrado que conduce a una ermita,  lugar de oración y punto de observación ante los peligros de las incursiones de piratas que siempre asolaron estas costas. Una carretera serpenteante recorre el litoral y une Kotor con el resto del país por túneles que perforan la amenazantes murallas rocosas.  Pero ese aislamiento se está abandonando y su puerto es ahora un escondido reposo para  espléndidos yates de misteriosos millonarios  cuyos mástiles se alzan frente a la única puerta de entrada de la ciudad.

            Recorremos sus murallas y las casas blasonadas  con portalones de madera entre  callejuelas empedradas, escalinatas que parecen no llevar a ningún lugar, iglesias ortodoxas y católicas, corrales donde aún se oye el cacareo de las gallinas   y observamos a ancianas que hacen ganchillo a la sombra de una parra  rodeadas de decenas   de gatos asilvestrados.  La catedral de San Trifón es una  austera construcción en cuyo atrio se amontonan vendedores de postales con imágenes del santo, que aunque nacido en Turquía y obispo de la rusa Rostov, se  venera con fervor. En los iconos, su imagen se acompaña de un halcón y, según nos informan, es  considerado el patrón de las aves.

            Se pueden comprar  aspirinas por unidades en la pequeña y quizás única farmacia de la ciudad o  manteles de lino a vendedoras que muestran sus artesanías  con timidez, junto a billetes de lotería avalados por el banco central de Montenegro  o pastelillos de miel sobre los que vuelan las moscas. Los precios se han congelado en los tiempos donde el turista era un ser desconocido. Un restaurante con aspecto de tasca, exhibe pescado a la entrada, casi cubierto por trozos de hielo machacado. Comemos bajo una parra en un patio, un decoroso menú a base de ensaladas y carne al grill. El postre era un dulce de  almendras tan empalagoso que exigía un inmediato café. El camarero nos pregunta si lo queremos típico y como es lógico decimos que sí. En mala hora.  La bebida era tan espesa como una chocolatada amarga, y en el tazón quedaron los grumos de los posos, que invitaban a adivinar el futuro. 

            A la luz del atardecer unas adolescentes han montado sus cabretes para pintar en sus lienzos los reflejos dorados de las jaras de las montañas, y lentamente, la puesta de sol oscurece el fiordo, cuya costa se siembra de las luces de pequeños pueblos ribereños.

            --Bye, bye Crna Gora -- musitamos mientras las tinieblas nos envuelven en nuestro  viaje    de regreso hacia el mar Adriático, donde en vez de piratas nos acompañan minúsculas barcas alumbradas con un farol, pescando  calamares.

VAXHOLM, una isla en Suecia

sábado, 11 de diciembre del 2010 a las 18:17
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VAXHOLM, una isla en Suecia

               ¿Vaxholm? Es difícil encontrar el lugar  en un mapa de Suecia.  Entre un laberinto de islas, al fondo de uno de los innumerables brazos de mar que componen el estuario de Estocolmo,  se levanta un pequeño grupo de casas  con fachadas de madera  pintadas con vivos colores   -- verde, azul, amarillo, …--  y techos de brea.: Vaxholm una pequeña una isla oculta entre millares, a menos de 50 kilómetros de  la capital sueca.

               Lo que inicialmente era un minúsculo  asentamiento con tiendas de comida, artículos de pesca y útiles de ferretería, ha ido convirtiéndose en una atractiva población  con abundantes artesanías locales: jerséis de lana multicolor tejidos por los lapones del norte, figuras de madera y utensilios hecho con piel y cuerno de alces.

               En invierno es un lugar fantasmal cuyo único contacto posible con Estocolmo, son hoy las motos de nieve, deslizándose por la superficie helada del mar. Hasta hace muy poco debía realizarse  un largo recorrido en trineo o caminando sobre raquetas entre bosques con abetos cargados de nieve,  en cuya espesura  los alces y las lechuzas blancas contemplan al viajero. Donde se inicia la carretera, las señales de tráfico advierten de la presencia de ciervos y osos.

               Por un extraño fenómeno atmosférico que, aunque me explican, no consigo comprender, en Vaxholm, el cielo siempre está despejado durante el día pero  al ocultarse el sol, lo cual en invierno ocurre hacia las dos de la tarde, llegan nubes cargadas,  comienza a nevar, y las ventiscas procedentes del Báltico, convierten a los abetos en fantasmas  e inclinan los carámbanos que destilaron su hielo desde los tejados. Vaxholm hiberna durante largos meses mientras al fondo oye el estruendo de los rompehielos abriendo surcos en el mar, crujiendo  bloques de hielo blanco, azul o verde. Con los primeros calores de la primavera el lugar  despierta. Entonces el mar se agrieta   y permite la llegada de embarcaciones con algunos vecinos de Estocolmo, que acuden a iniciar su temporada de pesca.

               En pleno verano, la temperatura es cálida, y se colocan puestos en la calle y restaurantes con mesas al aire libre, donde se sientan  rubísimos visitantes, protegiéndose del sol con gafas oscuras bajo los toldos. Allí se puede degustar cerveza sueca  o platos con salazones seguidos de postre de frambuesas. Algunos incluso acuden a una zona arenosa a la que pomposamente dar el nombre de playa: hileras de cuerpos rosados intentando inútilmente tostarse por un sol que alumbra pero jamás quema.

               No sé si por aquí  vivió, Pipi Calzaslargas  en el ambiente rural de la Suecia profunda. En Vaxholm  se usan caballos  para pasear, aunque no tengan lunares de colores  y las niñas no tengan trenzas pelirrojas erguidas, sino lacios cabellos brillando con el sol. Se ve a las gentes recolectar  sus huertas, alimentar a los conejos en sus corrales y la miel de las colmenas de las abejas que han sobrevivido al invierno.

                Sin embargo, Vaxholm está cambiando velozmente. En  su viejo muelle de madera ya no atracan solo pequeñas barcas, sino que se añaden  embarcaciones con turistas procedentes de la capital  recorriendo los vericuetos de las islas. Aún hoy no hay sitio suficiente para alimentarles,  y los visitantes deben comer a bordo, pero todo se andará. Se ven pasar los cruceros monstruosos en busca de las puertas que abren este laberinto de islas al Báltico. Pasan bajo los muros  de una robusta fortaleza cuyas gruesas paredes de piedra se ha convertido en museo local con muestra de cañones, lombardas, granadas y corazas de época. De aquí partió el osado rey Carlos para combatir al zar ruso, ocupando las llanuras de Lituania y la Rusia Blanca. Solo fue detenido  por los cosacos de Ucrania   e inició un largo camino de regreso a Suecia, donde le guardaron la corona durante sus años de ausencia. Otro monarca, el rey Gustavo Adolfo prefirió cruzar los estrechos de Dinamarca e invadir  Alemania para combatir al catolicismo. Hubiera dominado el continente, de no haber sido detenido por un cañonazo mortal. 

               Hoy la tranquilidad – quizás el aburrimiento – es el signo de la Suecia profunda. En un local se venden múltiples caballitos de madera, rojos, verdes, azules, con arneses blancos . Y nos explican que el caballito de Dalecarlia, es el símbolo nacional, obra del tallaje a mano de los campesinos que esperaban pacientes  junto al fuego la llegada de la primavera.

               --La próxima vez vengan  en mayo -- nos dice  una amable señora mientras compramos unas bolas de cera  perfumadas-- Hay menos gente y podrán disfrutar del Valborgsmässoaftones

              --Claro… claro...vendremos en mayo – contestamos sin entender a qué se refería

               Más tarde, en un folleto de información turística encontramos la mención a la noche de Wakpurgis,  -- Valborgsmässoaftones en sueco—y aunque parezca imposible, la gente es capaz de pronunciar la palabreja de un tirón. Incluídos los niños. Hasta que  recuerdo los célebres versos de Moratín:

          “ admiróse un portugués

            al  ver que en su tierna infancia,

             todos los niños de Francia

             supiesen hablar francés…

             Valborgsmässoaftones – la noche de Walpurgis para entendernos --es una festividad ancestral  que evoca el paso del frío y la oscuridad a la luz y el calor, dedicada a honrar a los dioses nórdicos y  a la fertilidad.  Al principio se adoraba al fuego, luego se quemaron brujas y hoy evoca películas de terror y muertos vivientes.  

              Algo más  dramático ocurrió hace años. En la dudosa luz de octubre alguien  creyó ver un periscopio husmeando en la superficie del agua . Y entre los múltiples brazos de agua que rodean las innumerables islas, se detectó un submarino ruso, husmeando en la ría de Estocolmo. Los diarios del mundo centraron el escándalo en la neutral Suecia, pero logró escabullirse, sorteando los múltiples recovecos del archipiélago. 

                Regresamos a Estocolmo bordeando   islas cubiertas de helechos y bosques, mientras contemplamos   el vuelo de los gansos hacia el sur. Un monstruoso crucero cruza entre dos islotes cargado de turistas asomados a la borda. Nos decimos adiós y cada uno envidia el lugar donde se encuentra el otro. ¿Porqué, desde nuestra humilde terraza en un rincón de Suecia envidiamos al viajero camino de San Petersburgo?. ¿Por qué éste, desde la borda de estribor, a su vez, desearía estar en nuestro sencillo embarcadero?.

ESTOCOLMO, esplendor en el Baltico

domingo, 21 de noviembre del 2010 a las 20:29
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ESTOCOLMO, esplendor en el Baltico

                  El barco avanza lentamente, con bandadas de gaviotas a popa,  mientras sortea el laberinto del  archipiélago al fondo del cual se esconde  la capital de Suecia. Parece imposible que el navío no encalle, siguiendo la traza de los prácticos del puerto. Vemos amanecer entre multitud de islotes  con muelles de madera, donde se mecen embarcaciones. En los bosques de la costa se esconden torres medievales,  que han vigilado la entrada a Estocolmo durante siglos. Los cañones de esas fortalezas impidieron las invasiones de los rusos en las continuas guerras que Suecia  mantuvo para mantener su hegemonía en la Liga Hanseática, una confederación de ciudades bálticas dedicadas al comercio del trigo, la madera y el ámbar. Hoy los suecos, siguen esta tradición, exportando muebles de Ikea, papel de prensa y maquinaria de acero.

                   En una de las riberas se alza el moderno palacio de la ópera, que recuerda un almacén de grano. Ha sido diseñado por el arquitecto Moneo, con goteras incluidas, para desesperación de los munícipes de Estocolmo. Pero los suecos afrontan las desgracias con estoico espíritu luterano. Como la canción que entona  junto a un mercado de flores un grupo de músicos sudamericanos.

                     Chiquitita sabes muy bien,
                     que las penas vienen, van y desaparesssen,
                    otra ves vas a bailar y serás felisss, como flores que floresssen”

                    Aún quedan recuerdos de los viejos tiempos: las estrechas calles de la ciudadela de Gamia Stan  rodean el  Palacio Real, un imponente edificio de 700 habitaciones cuyas verjas se adornan con tres coronas doradas, en recuerdo del tiempo en que  los reinos de Suecia, Noruega y Dinamarca formaban una monarquía unida. Desde hace dos siglos alberga la dinastía iniciada por el general francés Bernadotte, un mariscal de Napoleón, a quien traicionó, para ofrecer  sus servicios a los adversarios  que había combatido. Hoy, el bullicio de las tiendas y bares ha transformado la vieja ciudadela en el rincón bohemio de la ciudad.

                 En las plazas, se alzan estatuas de bronce con regueros de óxido dedicadas a personajes ilustres  y  a  los 16 reyes que se llamaron Carlos, entre jardines desde donde se  escucha  lejano zumbido de autobuses eléctricos. Estocolmo ha crecido más allá de los canales atravesados por puentes adornados con gruesas cadenas y avenidas que se asoman a los muelles. La gente vive en pisos de apartamentos de fachada amarilla, en calles sin tiendas donde comienzan a residir inmigrantes turcos y serbios o en discretas casas ocultas entre arces. Los fines de semana bostezan frente a sus televisores o disfrutan de la soledad  en cualquiera de las cabañas de madera de los bosques que rodean Estocolmo, en compañía de ciervos y dedicados a pescar truchas. Los más ricos, acuden al fastuoso Grand Hotel, donde se sirve  un smorgasbord  bajo arañas  reflejadas en espejos barrocos. Desde sus ventanales se contempla el austero Ayuntamiento de ladrillo rojizo, que todos los años se engalana  para entregar los premios Nobel,  herencia generosa de quien descubrió la dinamita.

                    A la entrada de los modernos almacenes Ahlens, hay varios tenderetes de flores y frutas. Una placa recuerda el lugar donde fue asesinada la Ministro de Asuntos Exteriores mientras compraba lencería. Comienza la venta de ropa de abrigo y la gente inicia sus compras preparando el largo invierno en cuyas oscuras  noches se puede matar a un primer ministro al salir de un cine. Hoy, los novelistas de moda nos cuentan que Suecia combate el aburrimiento  con siniestras historias de crímenes y sadismo. Millenium se exhibe en todas las librerías  junto a folletos de itinerarios turísticos  invitando a visitar el barco del rey Vasa, un lujo de madera labrada que conservó su belleza hundido en las heladas aguas del puerto durante tres siglos y se exhibe reluciente junto a un campo de atracciones feriales, que el  viejo monarca Gustavo Adolfo acostumbraba recorrer en bicicleta.

                   Ya se ha olvidado la angustia que nos mostraba Ingmar Bergman en El Séptimo Sello y Fresas Salvajes, alimento de una generación de cinéfilos. Como quedó atrás el recuerdo de Greta Garbo, de Anita Eckberg bañándose en la Fontana de Trevi o las legiones de rubias  que en los años sesenta  invadieron Torremolinos. Las costumbres han cambiado y hoy cualquier jovencita española podría sonrojar a una matrona sueca.

                    La vida nocturna es animada y se alarga mucho más allá de la temprana cena. Grupos de gente beben y toman pinchos de gambas con pepinillos, sentados en taburetes iluminados por neones. Nos llega el sonido de la canción más famosa del decenio:

                    My, my, at Waterloo Napoleon did surrender
                   Oh yeah, and I have met my destiny in quite a similar way
                   The history book on the shelf
                   Is always repeating itself… ¡Waterloo!… (1)

                   --No pidan Starkol. Es muy fuerte  y no les va a gustar… – nos dice el camarero en perfecto castellano

                  Vive en un pequeño apartamento con una chica madrileña becada con Erasmus. En septiembre, volverá a sus estudios de ingeniería de comunicaciones en la universidad de Upsala.

                --Tack – murmura cuando le dejamos una inesperada propina. Y añade con una sonrisa  –Solamente los españoles dejan propinas

                Los suecos muestran una educción exquisita.  “Tack”, contestará el policía a quien se pide información. “Tack” dirá la maestra a los rubios niños al finalizar su clase o el ciclista al recibir la multa que le imponen por no respetar un solitario semáforo.   “Tack”, dirán al taxista que les devuelve a sus discretas casas tras una jornada de copas.  Se puede caminar dando tumbos de acera en acera, pero en modo alguno conducir un vehículo tras beber media cerveza

                   Hasta el comienzo del nuevo día… De madrugada, encogidos bajo gruesos abrigos, como un gigantesco hormiguero, regueros de volvos  serpentearán  entre los bosques y los brazos del estuario, y los viandantes se tomarán los primeros cafés humeantes en vasos de plástico mientras caminan hacia el nudo de la T- Centralen.  Las fábricas de Ericsson, Siemens, Svenska Cellulosa o las oficinas empiezan a encender sus ventanales iluminando el amanecer de Estocolmo. A esa hora nadie sonríe, la marcha es veloz y  la ciudad comienza a latir.

                   Cuando salimos a la calle, llevan media jornada trabajando. Muchos vendrán a España en verano. Y nosotros volveremos a Estocolmo.

                  --Mamma mía, here I go again

                   My,my, how can I resist you?

                  Mamma mía, does it show again

                 My, my, just how much I´ve missed you (2)

 

 

            1)  Napoleon se rindió en Waterloo

              Si, afronto  mi destino de la misma forma

             El l viejo ibro de historia 

              Se repite continuamente …

 

            2)    Mama mía, aquí estoy otra vez

              ¿cómo puedo resistirme a ti?

             Mama mía, muéstrate otra vez,

            ¡cómo te eché de menos!

COPENHAGUE, ¿ perfección nórdica ?

domingo, 14 de noviembre del 2010 a las 21:23
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COPENHAGUE, ¿ perfección nórdica ?

                 --Por favor, tenga cuidado y no resbale– advierte en perfecto inglés el policía a un turista que acaba de  recoger su equipaje, en la cinta del aeropuerto.

                 Sobre un inmaculado linóleo varios empleados de tez oscura deslizan sus cepillos, sacando brillo al brillo. Y cuando se acude a los servicios, las damer y los mand – o sea las señoras y los caballeros --  comparten el mismo espacio destinado a tan íntimo uso. Son daneses.

                  Estos discretos y educados ciudadanos, incapaces de transgredir cualquier norma, son los descendientes de gentes turbulentas que durante siglos mantuvieron guerras con todos sus vecinos. Comenzaron como vikingos y  recibieron el honor de que Shakespeare situara a Hamlet en una corte de intrigas y crímenes.

                --To be or not to be, that is the question – se preguntaba el dubitativo príncipe 

              Sus descendientes,  una  larga lista de reyes llamados Christian, se dedicaron  a invadir el norte de Alemania junto al sueco Gustavo Adolfo, en nombre del luteranismo. Y más tarde, ya hartos de guerrear, prefirieron estabular sus ganados, fabricar galletas de mantequilla  y  producir la mejor cerveza del mundo.  La aristócrata Karen Bixen abandonó el cielo gris de Copenhague y cultivó cafetales en Kenia, según nos hizo vivir Meryl Streep en “Memorias de Africa”. Y los más tranquilos escribían cuentos para niños: Andersen nos habló de patitos feos convertidos en cisnes nadando solemnes  sobre las aguas de los canales y desde una pequeña roca,  La Sirenita, espera resignada,  la siguiente pintada del graffitero gracioso, mientras centenares de turistas la rodean para fotografiar su cuerpo desnudo.  A lo lejos se alza el Oresund, el puente más largo de Europa, que  une la ciudad con  la costa sueca, en un salto sobre los estrechos de Stagerak, sembrados de centenares de molinos eólicos.

               --Atomkraft? Nej tak! ¿Nuclear?. No gracias – fue el slogan inventado con enorme éxito hace años por los daneses. Sin embargo, en la costa de Suecia, a 20 kilómetros se  alza la silueta de una moderna central atómica, y se construye otra a su lado.

                Todo es absolutamente plano, roto por la verticalidad de los campanarios o los árboles de sus parques. Aquí reina el diseño de líneas rectas, el cristal y el metacrilato, las maderas de superficies brillantes y colores puros. No es lugar de cortinajes, alfombras ni adornos barrocos, que quedan para los palacios, de inmensos salones que cobijaron a sus reyes y nobles. Al visitante se le exige que deje los zapatos y se enfunde unas calzas de lona para caminar sobre el brillante parquet de los salones, admirando mesas de nácar, espejos dorados, retratos reales, arañas deslumbrantes  y rubicundos angelotes amontonados entre nubes, mientras una guía narra con tono monocorde la grandeza de la corte danesa.  

                 Pero hay contrastes que sorprenden. Junto a estos palacios, los edificios oficiales alzan sus fachadas austeras en oscuro  ladrillo rojizo o iglesias luteranas con puntiagudas agujas y relojes, en vez de santos, sobre el frontal.  Junto  a jardines y amplios estanques, los tranvías avanzan entre un trasiego de bicicletas. Las conducen hombres con traje de ejecutivo o mamás en vaqueros llevando en el sillín trasero a un rollizo niño que chupa una donought . Junto a los supermercados, las joyerías muestran anillos y broches con el nombre de la familia real y las floristerías exhiben  centros florales de aspecto casi naif  para celebrar el cumpleaños de  la reina Margarita quien saldrá del Palacio en una carroza arrastrada por corceles blancos, rodeada de lacayos de librea y música de timbales. En las aceras se aplaude al cortejo, mientras grupos de hippies venden artesanías en puestos callejeros y fuman marihuana sin que nadie diga nada. Aunque será mirado con odio  y arriesga una elevada multa   quien encienda un cigarrillo de tabaco en un lugar público 

                 Copenhague es la ciudad ideal para aburrirse durante el día deambulando por sus jardines o por la larga calle peatonal de Skoget, donde las cafeterías colocan inhóspitas terrazas, y los clientes beben cerveza o chocolate caliente mientras  contemplan  las contorsiones de los  artistas de mimo. En pleno centro los visitantes acuden en masa al viejo parque de atracciones de Tivoli, en busca del exotismo de una pagoda china o la emoción de una subir a una noria vetusta. Luego  tomarán sándwiches de pan negro rellenos de mantequilla y fiambre en  uno de sus destartalados chiringuitos o una internacional hamburguesa en cualquier cercano Burger King

                   Al anochecer la ciudad se transforma. La plaza   del ayuntamiento, vigilada por el gigantesco termómetro que desde una  esquina señala cómo el frío se apodera de la ciudad, se ocupa por oscuros personajes que dormirán en sus bancos envueltos en mantas, o grupos de inmigrantes agrupados bajo las farolas.  Las calles  se vacían, y las últimas bicis se abandonan en la puerta de viviendas de aspecto triste donde nunca hay un comercio. Pero la vida revive en  Nyhaven, el viejo puerto donde atracaban los barcos de la Liga Hanseática  y hoy rebosa de restaurantes y bares de fachadas multicolores.  Es un reguero de luz en la noche, y la música de los acordeones acompaña a quienes cenan bajo toldos caldeados por calefacción de gas. La cerveza se acompaña de un plato de arenques o de carne de cerdo con cebollas cocidas. Y de postre, la inevitable tarta de manzana.

                  Resulta difícil vivir en un país azotado por los vientos  helados del mar del Norte, que barren  su geografía sin una humilde colina que les detenga.  La humedad asesina impregna el aire y el frío congelará sus canales, sobre los que resbalarán los patos que hoy acuden en tropel para comer el maíz que les arrojan los paseantes de los jardines públicos. Las estadísticas dicen que es la ciudad más deseada del mundo para vivir, la de mayor calidad de vida, la más tranquila, la más ecológica… pero ocultan que también es  una de las más aburridas en cuanto desaparece el corto verano y llegan  los fríos del Artico.  

                   La gente paga los impuestos  más elevados de Europa, a un Estado que les provee de educación, sanidad, jubilación, subsidios para la vivienda, permisos de paternidad,  desempleo y entierro. Solo deben preocuparse de no infringir las normas, trabajar con ahínco y preparar sus vacaciones mediterráneas. Junto a ello, dedican sus pequeños vicios a beber  una Carlsberg, comprar televisiones de Bang Olufsen o trabajar como voluntarios en el hospital de su barrio.

                    Son daneses. Viven felices y están orgullosos de pertenecer al país más feliz del mundo. Nadie lo pensaría mirando sus rostros serios, y su trajín de casa al trabajo y del trabajo a casa.  Pero eso dicen las estadísticas.

OSLO, tierra de vikingos

domingo, 17 de octubre del 2010 a las 18:08
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OSLO, tierra de vikingos

                 Al atravesar las nubes, el avión inicia el descenso hacia el aeropuerto de Oslo con fuertes oscilaciones. Las luces anaranjadas de la ciudad se divisan en el horizonte y durante un rato, sobrevolamos un mar helado, donde los rompehielos se abren camino dejando tras sí un surco oscuro. Cuando aterrizamos ya es noche cerrada. Los comercios comienzan a cerrar sus puertas y los coches se mueven despacio, como fantasmas mecánicos, aplastando la nieve con sus neumáticos claveteados.

                 El desayuno del ultramoderno hotel Thon nos pone en contacto con la gastronomía noruega. Animados por el olor del café nos acercamos al buffet en busca de tostadas o bollería… para encontraros con un surtido de pequeños toneles con  anchoas, arenques y salmón ahumado.  Se acompaña el café con un plato de pescado en salazón, y se puede completar el desayuno con huevos de oca hervidos y pan negro de centeno con una gruesa capa de mantequilla.

                  --Lo siento señor, el menú continental tiene una tarifa extra – nos advierte en  correcto español, una  sonriente camarera de rasgos filipinos.

                 Resulta complicado comer en Oslo. El noruego, según parece, solo desayuna y cena. Al mediodía queda la elección entre un McDonald´s o una pizzería, escalas obligadas del turista resignado. Para cenar, alguien nos recomienda un restaurante del puerto que sorprende por su animado ambiente. El Kaffistova es un local de aspecto típico, con mesas de madera cubiertas por manteles de colores  y un largo mostrador donde  se apoyan numerosos gigantones rubios que miran silenciosos sus vasos de ginebra y murmuran un gutural “skol” al beberlo de un solo trago. Un grupo de alemanes habla a gritos  mientras devoran un estofado con bolas de carne flotando entre patatas. Cenamos el tradicional plato de rakisk, trucha fermentada acompañada de col  cuyo fuerte sabor ni siquiera la tarta de manzana consigue eliminar.  Nos ofrecen un vaso de la popular Sima, mezcla de cerveza agria con azúcar, y con ello completamos un menú que  jamás repetiremos.  Decididamente, no vamos a engordar mucho durante nuestra estancia.

                 En Noruega, nunca ha ocurrido nada. Durante siglos estuvo unida a Suecia, separándose en 1905, por mutuo acuerdo, como hiciera la heroína de Ibsen en “Casa de Muñecas”. Tampoco  ha tenido presencia en la historia reciente, dedicándose a la pesca de las ballenas y han pasado a la posteridad como inventores del utilísimo clip, artilugio indispensable en la vida moderna.   No hay historias heroicas, sino leyendas a las que Grieg compuso una sinfonía romántica para acompañar las aventuras de Peer Gynt, el noruego más canalla de todos los tiempos.  Incluso los viejos trolls, pequeños duendes de los bosques y enanos que acompañaron a Blancanieves,  se han utilizado como cibernéticos personajes en los juegos de roll de los modernos ordenadores.

                 Los viejos vikingos, partían  de sus fiordos mar adentro, en frágiles embarcaciones. Se asentaron en los roquedales de Escocia, en las campiñas de Normandía, devastaron las costas de Europa, atravesaron el estrecho de Gibraltar y finalizaron sus viajes bajo el sol de Sicilia. Quizás Erik el Rojo, incluso llegó a Terranova. La última gran epopeya fue  la aventura marítima  en la balsa Kon Tiki  sobre las aguas del deslumbrante Pacifico Sur. Antes, a principios del pasado siglo, otro noruego,  Amudsen, alcanzó el Polo Sur y sobrevoló el Polo Norte.  Años más tarde desaparecería en una misión de rescate y nunca pudo descubrirse sobre qué témpano quedó su cuerpo helado.  

                   Ante el Palacio Real, tan fastuoso como el ayuntamiento de una modesta provincia española,  se extiende  una avenida de abedules sin hojas y bancos donde nadie se sienta. Sobre el hielo de un estanque, un anciano lanza un disco metálico mientras su compañero de juego barre frenéticamente la trayectoria que ha de seguir. A mediodía, un grupo de militares con cascos dorados cambian la guardia al son de un tambor y las órdenes de un gigantesco oficial.  Entre quienes contemplan la parada hay unos  esquiadores con todo su equipamiento que luego, se dirigirán hacia la boca del metro próxima. En la segunda estación se alza el imponente tobogán  Holmenkollen, desde el cual, algún atleta  sería capaz de realizar un prodigioso salgo hasta puertas del Palacio. 

                  Paseamos por las calles de  una ciudad donde todo está cerca  y nos aburrimos en el   parque del escultor Vigeland: una inmensa colección de cuerpos retorcidos, masas desnudas de figuras regordetas que se abrazan y contorsionan en bronce, en un vano intento de protegerse del frío, y  la misma angustia que sintió el pintor Munch, cuyo museo  está vigilado por un corpulento pelirrojo que maneja, entre cabezadas,  las cámaras de video.  No hace mucho, a plena luz del día, se robó el “El grito”, icono al óleo de Noruega, aprovechando quizás, una apnea del sueño del guarda.

                 --Ya no se estudian Humanidades, pero la facultad de Teología  se mantiene por tradición – me informa una joven profesora que viste un grueso jersey con rombos multicolores -- Hoy todos prefieren trabajar en la prospección del petróleo o en las industrias de Narwik y Trömso

                 Hasta esas lejanas ciudades del norte, ahora cubiertas por un manto de nieve y hielo, llegaron los ejércitos alemanes para destruir los convoyes que suministraban material de guerra americano desde Inglaterra a Rusia. Y en uno  de los fiordos fue hundido el acorazado Tirpitz, cuya silueta se contempla, como una aletargada ballena, en el fondo del mar.

                Esto no interesa a nuestra amiga que nos recomienda la visita  a Gruneslakka, un barrio de calles estrechas, lleno de pequeños pubs, donde muchos jóvenes beben cerveza en las terrazas, desafiando el frío de un gélido mes de abril.  Hay tiendas que venden carísimas artesanías de estaño,  y algunas tienen una sección gastronómica con diferentes tipos de salmón: ahumado, en vinagre, sin ahumar, cocido o escabechado.  Pero también se ofrecen  trucha, caballa, ballena, anguila, arenques, merluza, bacalao… e incluso piña enlatada de Honduras.

                Abandonamos Oslo una mañana despejada con un manto de escarcha cubriendo la ciudad. Entre el pasaje del avión nos acompaña un grupo de jóvenes alborotados, pensando en los días soleados que les esperan en la costa mediterránea. Dejan atrás un mundo de bosques nevados, donde los  fiordos se clavan como puñales del mar dentro de la costa, cortada en acantilados rocosos, entre los que avanzan algunos cruceros cargados de turistas helados. Escuchamos  las acariciantes melodías de Peer Gynt, y su música nos  acompaña mientras la azafata nos ofrece Coca Cola… y medio sándwich de salmón ahumado.

ABERDEEN, Escocia profunda

domingo, 26 de septiembre del 2010 a las 20:31
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ABERDEEN, Escocia profunda

             Hemos subido hasta Aberdeen acompañados de cielos plomizos y el verde oscuro de los campos, con árboles abatidos por los vientos y playas de arena oscura. El paisaje es desolado, salpicado con rocas negras de basalto y aplastado por nubarrones que amenazan lluvia.  Todo está cubierto por un manto de hierba dura  y helechos donde pastan ovejas   cargadas de lana, vigilados   por perros de aspecto fiero. Hasta aquí llega la corriente cálida del Gulf Stream, que sigue su viaje para lamer las costas noruegas, pero el ambiente es gélido.

             Junto a los campos de golf más antiguos del mundo, donde los greens se siegan igual desde hace siglos y tras remontar una colina, aparece Aberdeen, escondida entre los roquedales de una costa batida por el mar furioso. Las casas están construidas con granito y los  reflejos de mica  la dan un color plateado bajo la iluminación  del sol. Hace siglos, en estas playas desembarcaron los primeros vikingos. Muchos se quedaron y otros siguieron su viaje hacia Islandia y Groenlandia. No es este el lugar donde Julio Verne situó el Faro del Fin del Mundo, pero seguro que se inspiró en el que se adivina en un lejano islote, casi oculto por la niebla junto a solitarios cormoranes que descansan entre las rocas.

             En el puerto hay numerosos barcos de pesca y redes extendidas en los malecones. Hace fresco y amenaza lluvia. Nos refugiamos en el Logan Loch un pub, anunciado por neones multicolores,  junto a viejos marineros con gorros de fieltro azul, como lobos de mar, rodeados de una clientela que habla a gritos entre una nube de humo.

            “Pipe smokers are wellcome” (1) proclama  un letrero escondido entre jarras y botellas de whiskey. Pedimos una cerveza negra mientras un hombretón, apoyado sobre el mostrador,  nos mira con curiosidad y comenta algo que no entendemos.  El duro dialecto local  --cargado de erres y ges tan fuertes como las españolas -- hace inútil nuestro conocimiento del  inglés. Pero ha descubierto nuestra nacionalidad.

           --¿Spanish? – y sonriendo nos dedica un brindis y se bebe de golpe su contenido.

             Luego sigue hablando consigo mismo, y centra su atención en el siguiente vaso. Quizás entre copa y copa, piense en aquellos antepasados nuestros que, tras la destrucción de la Invencible por los temporales, bordearon estas costas en un agónico viaje de regreso. Los náufragos que desembarcaban eran inmediatamente ahorcados y solo unas docenas consiguieron regresar a España. El rey Felipe no  les había enviado a combatir su Armada contra los elementos y la Historia se olvidó de aquellos viajeros que conocieron Aberdeen varios siglos antes que nosotros. Hoy, les recuerda una placa herrumbrosa en un callejón del puerto:

               “When God blew His winds they were scattered and 39 prisoner of war from the Spanish Armada    were held   here in July 1588(2)

                Dedicamos parte de la tarde -- y quizás de la noche, porque a las 12 aún hay sol -- recorriendo la provinciana Union Street por la que discurre un viejo tranvía cuyo trayecto acaba ante la puerta medieval de la ciudad. Allí se alzan unas afiladas torres con aspecto de cuento de hadas, pero que fueron lugar de ejecuciones o quizás palacio de un siniestro Barbazul. Nos cuentan que en su interior se refugió la población cuando llegó la Peste Negra con su guadaña. La epidemia, iniciada en un puerto de Crimea,  avanzó por el mundo con escalas  en Génova y Marsella, siguió el curso de los ríos, cruzó cordilleras, invadió bosques  y llanuras… hasta alcanzar Inglaterra y los highlands de Escocia. Y nos completan la información añadiendo que los apestados quedaron insepultos en un  castillo al que nadie osó entrar durante años. Mucho tiempo después, cuando el terror desapareció, recogieron sus huesos y los arrojaron al mar.

               La iglesia de Saint  Machar, con sus grandes ventanales góticos, está sembrada de tumbas, donde descansan difuntos centenarios:

              “In memory of beloved Mathew Singer, chapel master, aged 83, Aberdeen, 1771”-- leemos con dificultad  en  una lápida cubierta de musgo centenario.

                Quizás organizó un coro para entonar salmos en la  explanada del  Duthie Park, donde hoy  se alza un herrumbroso templete al aire libre y  un gran invernadero con flora tropical, jardines japoneses y plantas carnívoras, recorrido por veraneantes acompañados de niños aburridos.

               En Aberdeen el verano es corto y los turistas, la mayoría ingleses, son muchos. Los hoteles están llenos y debemos buscar un Bed and Breakfast donde alojarnos. La casa es confortable, y tras un magnífico desayuno con  bacon, huevos y tostadas con mermelada de arándanos, nuestra anfitriona nos invita a probar salmón escocés. Dice que es mucho menos graso que el noruego y,  efectivamente resulta delicioso, aunque seguro que más apetecible a otra hora.

            --No vayan al castillo de  Balmoral, en verano no se puede visitar porque vive la Reina…

              Y con orgullo nos informa que en allí nació la reina Victoria Eugenia, esposa de Alfonso XIII. Pero no nos cuenta la angustia que vivieron cuando el real abuelo de la reina Isabel II desapareció entre los olmos y abedules del bosque de Balmoral.  Su Alteza Real, Eduardo VII, reapareció cuando quiso, tras disfrutar la compañía de la atractiva miss Keppel en un perdido cottage. La escandalera conmocionó al reino, y dejó tan fresco al monarca, fumador empedernido y amigo de furtivos encuentros amorosos.

             La televisión ha anunciado la llegada de fuertes lluvias llevadas por un frente frío procedentes de Groenlandia. Sobre unas rocas, un grupo de excursionistas observa con prismáticos la temprana migración de ánades hacia el sur, anunciando el otoño. Y en el mar, se ven los barcos de pesca que viajan a Islandia en busca del bacalao. Como en su día hacía otros persiguiendo ballenas. El día es luminoso y frío, pero desde el horizonte se acercan masas de nubes arrastradas por un fuerte viento.

               Los meteorólogos  de la BBC siempre aciertan.

 

1.- Cuando Dios sopló Sus vientos,  fueron diseminados y se apresaron 39 prisioneros de guerra  en julio de 1588

2.-A la memoria del querido Mathew Singer, maestro de capilla, de 83 años

EDIMBURGO, capital de Escocia

domingo, 19 de septiembre del 2010 a las 20:01
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EDIMBURGO, capital de Escocia

          Son las casi las doce de la noche y en junio, aún es de día. Edimburgo tiene sus propias  “noches blancas”, como San Petersburgo, aunque aquí no recalan los cruceros para mirar un sol que apenas se oculta en verano.  Hemos dejado atrás Durham con el recuerdo de su hermosa catedral, siguiendo una   carretera que bordea la costa hasta divisar el Forth Bridge,  la seña de identidad de la capital de Escocia. Fue el primer puente de acero  alzado en el mundo sobre los 2 kilómetros  y medio que cruzan la ría. En el interior de  los  rombos metálicos de su estructura  avanzan los trenes de carbón, y debajo cruzan  gabarras que remolcan a enormes petroleros hacia las plataformas del mar del Norte.

          Las highlands son un conjunto de colinas verdes, con árboles retorcidos por el viento y costas donde el mar bate furioso contra acantilados cortados a pico. En algún valle se esconde el lago Ness con su monstruo jurásico, soñado por el delirio alcohólico de un campesino destilando whiskey. El color de los diferentes kilts distingue  un mundo de clanes primitivos  donde combatieron  Ivanhoe y Braveheart  y  que fueron el escenario escogido por Shakespeare para su tragedia más sangrienta: Macbeth , quien  veía  angustiado cómo el bosque de Birnam avanzaba  hacia su castillo, cumpliendo la profecía de las brujas.  

          En las tierras brumosas de Escocia  no florecieron los artistas, pero sí han sido cuna generosa de personajes famosos. Aquí  vivió Adam Smith, quien revolucionó el  pensamiento económico desde su cátedra y su puesto de director de la Aduana. Darwin se aburría estudiando medicina, hasta que decidió viajar a las islas Galápagos para hacernos dudar sobre nuestros orígenes. Stevenson, prefirió morir en Samoa tras habernos contado historias de piratas en “La isla del tesoro” o aterrarnos con “Dr. Jekyl y Mr Hyde”. La galaxia de hombres ilustres nacidos en Edimburgo incluye a Watt que inventó de la máquina de vapor, a Graham Bell que nos complicó la vida con el teléfono y al doctor Fleming que nos la salvó con la penicilina. Todos tienen sus placas de reconocimiento. Y quizás  algún día se coloquen las de Sean Connery, eterno “agente 007” u otra dedicada al mismísimo Tony Blair.

          La sombra del castillo,  asentado sobre una inmensa roca basáltica, domina toda la ciudad. Sus gruesas murallas, con retorcidas esquinas, adarves almenados y  angostas troneras, donde se ocultaban los ballesteros, han sido testigos de batallas y ejecuciones.  Desde una torre, se dispara un cañonazo a la una en punto del medio día, según dicen para orientar a los barcos, aunque lo que produce es un revuelo de gaviotas espantadas.

           --Oh my God, it works! (1)  –se asombra una pareja de americanos intentando fotografiar            al oficial que encendió la mecha.

          A su lado está el  Mons Meg, un monstruoso cañón de bronce, recubierto por recuerdos dejados por las palomas, apoyado  sobre ruedas. Apunta directamente a la ciudad y se nutría con balas de piedra de 150 kilos embadurnadas de alquitrán ardiente.Los americanos , y también nosotros, habríamos  aplaudido con entusiasmo tras una simple descarga.

         Descendemos desde la fortaleza por el irregular empedrado de Victoria Street siguiendo un antiguo curso de lava hacia la Ciudad Vieja. Aún hoy conservan algunas casas de pescadores rodeadas de pubs, donde se amontonan los turistas, para guarecerse de los frecuentes chaparrones del verano escocés  y, de paso, probar  salmón ahumado cortado en tacos o una sopa de ganso caliente.

          Sobre otra colina, frente al viejo castillo, se alza un edificio que recuerda al Partenón ateniense, fruto del encanto que el mundo griego ejerció en Edimburgo,  lleno de bancos  y museos con pretenciosas fachadas jónicas. Es el homenaje de los escoceses al triunfo conseguido sobre Napoleón en Waterloo. Tiene un aspecto triste y desolado, y quizás por ello, un alcalde loco pretendió construir allí un parque de atracciones y tiovivos. Afortunadamente, todo quedó en proyecto, y el monumento a Wellington de Calton Hill sigue  en pie, recordando las pasadas glorias,  visitado por gentes de edad que echan migas de pan a los gorriones.

          A los pies de la gran roca del castillo, la elegante Princess Street, separa la vieja villa medieval, de un mundo moderno con  oficinas, hoteles, restaurantes y comercios de lujo. La arquitectura es neoclásica y disfraza su frialdad con multitud de parques sembrados de setos floreados. Desde una esquina llega el sonido de música inca. Un grupo de peruanos, de negras trenzas y vestidos con ponchos de colores llamativos toca con flautas los repetidos acordes de sus Andes lejanos. Un poco más allá, junto a la entrada de unos grandes almacenes, se oirán los himnos religiosos  de una orquestilla del Ejército de Salvación:

            --I workship You, Almightly God

             There is none like You

              I workship You O Prince of Peace

             That is what I want to do. (2)

         En una terraza, contemplando la colosal fortaleza que vigila Edimburgo, tomamos una cerveza, mientras disfrutamos de un sol tibio. Nuestro acento llama pronto la atención de un matrimonio jubilado. Pasan seis meses al año en Tenerife, donde aprovechan para operarse las cataratas.  

             --¿Han visitado el Museo del Ejercito?

            --No todavía no…

            --¿Les ha gustado el Jardín Botánico?

            --Creo que mañana iremos…

            --No se olviden  de ir a la Universidad... tiene una gran historia.

           Junto a ellos, también hay bulliciosos turistas españoles cargados de bolsas y paquetes, con los que es fácil congeniar, aunque la conversación sea más materialista:

            --¿Habéis ido a Harvey Nichols?. Diseñan tartanes a tu gusto.

            --No os perdáis los almacenes Jenners. ¡Tienen unos jerseys baratííííísimos!

            --¡El Chivas de 24 años está a un precio de risa!.

          Y la conversación continúa entre un rosario de recomendaciones sobre las gangas que se encuentran en estas tierras, para poder regresar a España cargados de botellas y falditas escocesas que nunca vestirán.

 

1.—Dios mío, ¡funciona!

 

2—Te venero, Dios Altísimo

     Nadie hay como Tu

    Te venero, ¡Oh Príncipe de la Paz!

    Es cuanto deseo hacer.

 

 

 

 

YORK, la Inglaterra histórica

domingo, 05 de septiembre del 2010 a las 17:55
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YORK, la Inglaterra histórica

           York es el escenario de todas películas que el cine histórico inglés  enseña mejor que nadie.  Aquí, las huestes de Ricardo III --“¡mi reino por un caballo!” -- se hundieron en los terrenos pantanosos próximos a la ciudad y los bosques fueron testigos de las aventuras de Ricardo Corazón de León intentando recobrar su corona. En los muros de alguna vieja iglesia, se guarda el Santo Grial que con ahínco buscaron el Rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda quizás la abadía  donde creció la fama del monje Alcuino, tan sabio que Carlomagno le llamó como educador a su Corte de Aquisgrán. Si el nombre dice poco, conviene  recordarle como autor de la escritura carolingia, que es la tipografía que empleamos en la actualidad para escribir. 

            York es a Inglaterra lo que Toledo a España, aunque para muchos su fama se limite el popular jamón cocido inventado por un carnicero de la vieja Blossom Street. Un letrero de madera señala el lugar, convertido en próspera tienda de delicatessen que destaca con luces de neón del resto de los comercios, aferrados al mismo aspecto que presentaban en época victoriana: escaparates donde cada producto muestra su precio, mostradores de madera maciza,  estantes con los géneros detalladamente clasificados… Este aire antiguo se acentúa en  Shambles la estrecha calle medieval con casas de madera fosilizada inclinadas amenazadoras sobre los viandantes y un adoquinado que el tiempo ha convertido en seria peligro para cualquier tobillo. Aquí solo hay turistas avanzando en fila india, buscando un encuadre imposible para sus fotos o husmeando los cristales emplomados de los viejos pubs.

             Aquí Constantino fue proclamado Emperador por las tropas que tenía al mando  en Britania e impuso el cristianismo en Roma luchando con una cruz en sus estandartes. Aunque  jamás volvió a pisar  estos lugares, la ciudad le rinde homenaje con una estatua de bronce donde el viejo guerrero se muestra recostado y mira  sin interés la catedral gótica de piedra blanca, como un imponente barco varado en una explanada de hierba. Junto al cementerio, el dean pasea bajo un enorme paraguas, sorteando lápidas cubiertas de musgo. Por un momento pensamos en el padre Brown a quien Chesterton  encargaba el descubrimiento de los crímenes más atroces.

              La ciudad vieja, está envuelta por barriadas de calles rectilíneas, casas iguales con minúsculos jardincillos y jubilados que pasean a sus  barrigudos terriers. En verano llenarán  las maletas con bermudas y camisas floreadas y bailarán “Los pajaritos” al son de Mari Carmen y su acordeón en hacinados hoteles de Torremolinos. Mientras esperan su siguiente escapada mediterránea, hibernan en casas forradas  de gruesa moqueta,  observan por las ventanas batientes el cielo gris de Inglaterra y llenan los carros de la compra con  ciruelas pasas para combatir el estreñimiento.

             En las discotecas  se agolpan los jóvenes, apoyados en sus Kawasakis.  Visten zamarras de cuero, zapatos puntiagudos, medias de malla… y se adornan con piercings en los labios y tatuajes que ennegrecen sus brazos. En verano, emigrarán las terrazas de Magalluf, donde acabarán con las existencias de cerveza. Desde un pequeño pub, nos llega una evocadora melodía:

                    --When you are alone and life is making you lonely

                    you can always go…Downtown, downtown…

                    Just  listen to the music and the traffic in the city…(1)

            Seguro que Petula Clark no pensaba en las aburridas noches de York.

             En el hotel los clientes se aferran al Daily Telegraph o hacen crucigramas mientras otros siguen un espectáculo televisivo. Todos esconden sus bostezos esperando que el reloj del salón marque la hora de entrar en el comedor. Y entendemos por qué nadie se queda ya a vivir en York, dejando una ciudad  para turistas felices de conocer el lugar donde se gestaron las aventuras del caballero Lancelot, de la reina Ginebra y del mago Merlin.

             Dejamos York atravesando las murallas que se abren en una torre rechoncha desde cuyas troneras se vigilaba la llegada de extraños. Los portones, bajo los que hoy pasan coches y autobuses cargados de turistas, se cerraban al anochecer y la ciudad quedaba aislada y protegida del incierto mundo exterior. Con el recuerdo de sus murallas y la nostalgia de sus leyendas,  avanzamos por la campiña inglesa hacia la costa oriental.

              El mar del Norte tiene un color verde sucio, agrisado por las nieblas, los temporales y los humos de las  fábricas. Entre acantilados rocosos, se esconde el puerto de Scarborough, una pequeña localidad desde la que, aún no hace muchos años, partían los barcos balleneros. Una estatua recuerda que aquí nació Charles Naughthon, el orondo juez de “Testigo de cargo” y otra más grande, rinde homenaje a los obreros de las plataformas petrolíferas. En verano, hay gente que acude a visitar el viejo castillo asomado sobre el mar o a helarse las playas de arena oscura sobrevoladas  por bandadas de gaviotas. Cuando llega el mal tiempo, que es casi siempre, solo queda una ciudad gris con casas de pizarra, donde dicen que hace siglos fue un centro comercial importante. Pero, Simon y Garfunkel nos lo recuerdan con los acordes de su “Scarborough Fair”:

                        --Are you going to Scarborough Fair?

                       Parsley, sage, rosemary and thyme.

                        Remember me to one who lives there

                        For she once was a true love of mine (2)

 

 

1.- Cuando estés solo y la vida te  aisle

Siempre puedes ir… al centro de la ciudad

Escucha la música y el ruido del tráfico

 

2.-¿Vas a la feria de Scarborough?

Perejil, salvia, romero y tomillo

Dale recuerdos a alguien que vive allí

Porque hace tiempo  fue mi amor verdadero.

 

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JAVIER DOMENECH

Es una vuelta al mundo que invita a mirar el mundo de otro modo.

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