KOTOR , un fiordo mediterráneo
Mientras el barco emboca el estuario del fiordo más profundo de Europa contemplamos los murallones de montañas que amenazan con descolgar sus impresionantes masas de rocas graníticas asentadas entre oscuros pinos. Los 30 kilómetros de profundidad del fiordo, con múltiples giros entre roquedales tapizados por bosques de coníferas, son el resultado de las erosiones habidas en la última era glacial hace más de 15.000 años. Tras la retirada de los hielos Dalmacia e Iliria fueron cobijo habitual de los piratas mediterráneos hasta casi hace dos siglos. Entre sus islas y recortadas costas, se escondía el peligro para los navegantes del Adriático.
Estas costas fueron tierras romanas, pasaron poder de los búlgaros, de los venecianos y del Imperio Austro-húngaro, se independizaron como Montenegro, nada menos que Crna Gora en el idioma local. La extraña y bandera montenegrina es un recuerdo de sus aires medievales. El prisionero de Zenda fue una película famosa en los años cincuenta, donde los actores de moda, Stewart Granger y Deborah Kerr, daban vida a unos príncipes secuestrados y sus luchas por recuperar el trono. Montenegro parece un escenario adecuado para esta historia.
El antiguo principado de Zeta se convirtió en un reino por los acuerdos del Congreso de Berlín en 1878 donde Bismarck junto al zar ruso, la reina Victoria, la Francia republicana post napoleónica y el emperador austriaco impusieron un nuevo mapa de Europa y se repartieron Africa. Los nuevos reyes fueron una continuación de las antiguas dinastías despóticas, diluidas entre la historia y la leyenda. El último rey, Nicolás, compartió el gobierno de su territorio con los placeres de la belle epoque en Paris, hasta que, derrocado tras la Primera Guerra Mundial huyó a la Costa Azul y su país pasó a formar parte del Reino de los Croatas Serbios y Eslovenos y más tarde Yugoslavia. Hoy es junto a su vecina Albania el país más pobre de Europa.
Al fondeo del fiordo se esconde Kotor. Tiene poco más de 2000 habitantes, y otros tantos turistas en pleno verano. Un tercio son ortodoxos, otro católicos y el último musulmán. Es una de los escasos reductos donde aun conviven las tres religiones esperando el momento de matarse entre sí. Nadie lo diría en las bucólicas calles de una ciudad que parece adormecida en el tiempo y el caluroso estío.
La ciudad está rodeada por una vieja muralla y de ella parte un zigzagueante y empinado camino empedrado que conduce a una ermita, lugar de oración y punto de observación ante los peligros de las incursiones de piratas que siempre asolaron estas costas. Una carretera serpenteante recorre el litoral y une Kotor con el resto del país por túneles que perforan la amenazantes murallas rocosas. Pero ese aislamiento se está abandonando y su puerto es ahora un escondido reposo para espléndidos yates de misteriosos millonarios cuyos mástiles se alzan frente a la única puerta de entrada de la ciudad.
Recorremos sus murallas y las casas blasonadas con portalones de madera entre callejuelas empedradas, escalinatas que parecen no llevar a ningún lugar, iglesias ortodoxas y católicas, corrales donde aún se oye el cacareo de las gallinas y observamos a ancianas que hacen ganchillo a la sombra de una parra rodeadas de decenas de gatos asilvestrados. La catedral de San Trifón es una austera construcción en cuyo atrio se amontonan vendedores de postales con imágenes del santo, que aunque nacido en Turquía y obispo de la rusa Rostov, se venera con fervor. En los iconos, su imagen se acompaña de un halcón y, según nos informan, es considerado el patrón de las aves.
Se pueden comprar aspirinas por unidades en la pequeña y quizás única farmacia de la ciudad o manteles de lino a vendedoras que muestran sus artesanías con timidez, junto a billetes de lotería avalados por el banco central de Montenegro o pastelillos de miel sobre los que vuelan las moscas. Los precios se han congelado en los tiempos donde el turista era un ser desconocido. Un restaurante con aspecto de tasca, exhibe pescado a la entrada, casi cubierto por trozos de hielo machacado. Comemos bajo una parra en un patio, un decoroso menú a base de ensaladas y carne al grill. El postre era un dulce de almendras tan empalagoso que exigía un inmediato café. El camarero nos pregunta si lo queremos típico y como es lógico decimos que sí. En mala hora. La bebida era tan espesa como una chocolatada amarga, y en el tazón quedaron los grumos de los posos, que invitaban a adivinar el futuro.
A la luz del atardecer unas adolescentes han montado sus cabretes para pintar en sus lienzos los reflejos dorados de las jaras de las montañas, y lentamente, la puesta de sol oscurece el fiordo, cuya costa se siembra de las luces de pequeños pueblos ribereños.
--Bye, bye Crna Gora -- musitamos mientras las tinieblas nos envuelven en nuestro viaje de regreso hacia el mar Adriático, donde en vez de piratas nos acompañan minúsculas barcas alumbradas con un farol, pescando calamares.



